Columna Un Mejor Destino… Políticas agroalimentarias para un campo con potencial inexplorado

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Feria de Tecamachalco 2018

*Alberto Jiménez Merino / Comunicatedigital.com

Al cierre del 2017, el campo mexicano generó ingresos de exportaciones por 32 mil 583 millones de dólares, lo cual convierte al sector agroalimentario en un potente generador de divisas que ya superan a las obtenidas por remesas, venta de petróleo y turismo, según datos del Sistema de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca, y Alimentación (SAGARPA), 2018.

No obstante que muchas exportaciones se realizan en forma indirecta y que corresponden a sectores de gran integración organizacional como el tequila y la cerveza, no podemos dejar de destacar, la importancia de este logro que no ocurría hace décadas y el gran potencial que el campo tiene como motor del desarrollo nacional.

Sin embargo, es en el medio rural donde incide la pobreza con mayor intensidad con 58 por ciento de la población en esta situación, contra 39 por ciento en el medio urbano; aunque, en términos absolutos, en el campo hay solo 16.5 y en las ciudades, 36.9 millones de personas, de acuerdo co el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) 2017, citados por Muñoz, Santoyo, Gómez y Altamirano, 2018.

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El campo y el mar bien apoyados, todavía son la fuente más importante de alimentos y riqueza por encima de sectores que tradicionalmente se han considerado como la solución esperada.

Las evidencias demuestran que el crecimiento agroalimentario no solo es eficaz para aliviar la pobreza rural, sino que es más eficaz que el crecimiento industrial para reducir la pobreza urbana. Así, un aumento del 10 por ciento de la productividad agrícola está asociado a aumentos de 9 a 10.2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita. En cambio, un aumento de la productividad de las manufacturas se vincula solamente a un incremento de 1.5 a 2.6 por ciento del PIB per cápita en varios países, según indica Houck, 1986 y Vollrath, 1994, citados por Muñoz y otros, 2018.

En términos de costos por empleo, la  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) ha referido que generar un empleo en el campo es 6 veces más barato que en las ciudades.

Una experiencia poblana en la región de Aquixtla y Tetela de Ocampo, nos ha dejado la lección de que en tan solo 10 años se pueden desarrollar zonas agrícolas más productivas y con bajas inversiones.

Instalar 100 hectáreas de invernadero para producir hortalizas representó en promedio, la erogación de 300 millones de pesos a lo largo del periodo anteriormente mencionado; esto generó 700 empleos permanentes, mayor productividad y el fortalecimiento de una nueva cultura productiva. Inversiones por empleo que son muy inferiores a las conocidas para otras ramas económicas.

Las actividades primarias ocupan el 92 por ciento del territorio nacional y el 77 por ciento del agua dulce disponible; es la tercera fuente de ocupación y empleo de los mexicanos con el 13 por ciento de la Población Económicamente Activa. Del campo provienen los alimentos y el agua para los centros de población, de su viabilidad depende la viabilidad de las ciudades.

Todo este desconocimiento sobre la importancia del campo ha derivado en valoraciones negativas que lo han mantenido en la marginalidad presupuestal, en las últimas prioridades de los tres órdenes de gobierno, sobre todo porque las necesidades de otros sectores como el de los servicios públicos, infraestructura, seguridad pública y obras emblemáticas, demandan grandes cantidades de recursos.

Los principales problemas del campo son el tamaño reducido de parcelas, el reducido desarrollo organizacional, la dependencia de lluvias en el 80 por ciento de la superficie, la avanzada edad de los campesinos y su reducida escolaridad, altos costos de insumos que derivan en altos costos de producción, problemas de aguas residuales y basura que afecta a unidades productivas, falta de paquetes tecnológicos, bajos rendimientos, aplicación de insumos de más y trabajo innecesario, deterioro y contaminación del suelo y agua, ausencia de división del trabajo en donde todos hacen de todo, sin escalonar cosechas ni establecer metas de rendimiento.

Las principales necesidades, aunque no los deseos, de los productores, son la dotación de servicios técnicos de calidad, capacitación, acompañamiento y asistencia técnica. La falta de asistencia técnica provoca la pérdida anual de mil pesos por hectárea en insumos de más y trabajo innecesario. Semilla, agroquímicos, agua y movimiento de tierras.

De todos los apoyos existentes, son los de carácter técnico los de mayor impacto sobre la productividad. Pero en la práctica, los más menospreciados por autoridades y productores. Todos prefieren dar o recibir, apoyos materiales de mayor lucimiento que apoyos intelectuales.

Entre las necesidades están también, los caminos rurales y sacacosechas, infraestructura hidráulica, canales, drenes, servicios de maquinaria, equipamiento y la infraestructura de acopio, selección, empaque y transformación para hacer los volúmenes que el mercado necesita. Sin duda, el financiamiento y apoyos para vender mejor tienen un lugar importante.

Las principales estrategias tienen que ver con la atención integral a los productores de autoconsumo, pequeños productores y a los que producen excedentes. Apoyo articulado y suficiente de manera regional para atender las cadenas productivas y de suministro con una mayor vinculación de instituciones educativas y de investigación. Fortalecer los apoyos y servicios de carácter público-colectivo más que individual para reducir la subutilización y dispersión de recursos. Centrales de maquinaria y servicios, por ejemplo.

*Director de la Comisión Nacional del Agua en Puebla.

Ex–Rector de la Universidad Autónoma Chapingo

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